Picasso y el flamenco

Manuel de Falla y El Sombrero de Tres Picos

A Picasso el flamenco lo rodeó desde que nació, es sabido que su padre era aficionado al cante, siendo asiduo a los llamados “Cafés Cantantes”, lugares de espectáculo flamenco que proliferaban en Málaga. No es de extrañar, pues, que su hijo heredase dicha afición. Los amigos de Picasso afirmaron que gustaba de cantar y no sólo eso, sino que tampoco lo hacía mal.

 

Noticia de los cantes de Picasso tenemos de mano del pintor granadino Manuel Ángeles Ortiz, así como de Rafael Arberti, que públicamente promulgó la afición flamenca de nuestro artista malagueño. Todo este acervo flamenco de cante, baile y guitarra se acomodó en su maleta cuando decidió partir de Málaga, acompañándole el resto de su trayectoria. Será en París cuando entre en contacto con el granadino Manuel de Falla, siendo su relación de colaboración muy fructífera a partir de 1918, momento en que trabajarían juntos en el ballet de Diaghilev El sombrero de tres picos, con coreografía de Massine; composición musical del granadino; y telón, decorados y figurines del malagueño.

 

Poco antes de esto, Picasso se había ido alejando del cubismo –aunque no abandonándolo del todo –, para recorrer otros caminos pictóricos como el de un ilusionismo que entroncaba con la cultura mediterránea y la tradición greco-romana. Así mismo, a partir de 1917, tras su estancia en Barcelona, volvería a los viejos temas españoles, imbuyéndose su pintura de un folclore donde las corridas de toros se erigirían como adalides del nuevo estilo. Será este el momento en el que Diaghilev contacte con él, posibilitando la conjunción de dos artistas cuya absoluta heterogeneidad de caracteres quedaba ligada por una condición inmanente a ambos: el genio andaluz. Así pues, el texto original de la obra les proporcionaba un hilo argumental sobre el que desplegar su apego a España y a su folclore. Falla había promulgado la idea de que la esencia de la música nacía de una tradición popular viva, encontrándose sus raíces, no en la documentación folclórica, sino en las propias naciones y en sus gentes. Si bien parte de la partitura de Falla para El sombrero de tres picos podría entenderse como una antología clásica de la música flamenca andaluza –farruca y fandango –, el hacer de Picasso para esta obra se podría concebir como una síntesis estilística de su pintura en esos momentos. Música y pintura, pues, se unieron consustancialmente en este ballet al ritmo de una partitura y un pincel que bebían su inspiración de un folclore andaluz donde el flamenco se instituyó como elemento aglutinador entre ambos.

 

Texto:

Óscar Fernández Baquero

 

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